Las noches de La Contraseña

Una historia y un restaurante. Descubre por qué La Contraseña es un lugar especial en el que tienes que reservar sí o sí.

Finales de noviembre de 2014 pasadas las 8 de la tarde. Una cita, la primera. Llegamos a La Contraseña con el Sol apagado y las calles vacías. El restaurante donde pretendíamos fingir que no nos gustábamos estaba cerrado. Normal, solo él y yo podíamos haber decidido vernos un domingo de otoño que ya parecía invierno.

La Contraseña me enganchó solo con el nombre. Precisamente nosotros (ahora que nos conocemos mucho mejor), seguramente, nos hubiéramos comunicado aquel día en clave. Él no dejaría de observar, yo no pararía de hablar. Seguramente no, seguro.

Volvimos varias veces con amigos, en grupo, varias veces que nos quedamos en la entrada tomando tintos de verano con gotas de martini y sabor a gloria. Pero nunca volvimos solos, nunca llegamos a probar su restaurante. Nunca hasta el otro día. Nos lo debíamos porque era parte de nuestra historia y a mí estas cosas me privan.

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Finales de julio de 2015 pasadas las 8 de la tarde. Y la historia vuelve, de alguna forma, a repetirse. Solo a mí se me podía ocurrir reservar mesa para un jueves por la noche. La Contraseña, como no podía ser de otra manera, ha estado desde su apertura hasta los topes. Me avisan cuando llamo que les queda una mesa libre para las 9, hoy mismo. Solo quedaba una hora, pero cacé la oportunidad al vuelo.

Con la moto llegamos en un momento y descubro que en pleno verano, la Calle Ponzano no desiste en ser un auténtico hervidero de gente y buen ambiente, un binomio particularmente escurridizo.

Por fin cruzamos la entrada, dejamos la barra a la derecha y llegamos al patio y al comedor. De la mano, yo me siento como si hubiera cruzado el Atlántico o como si acabase de atravesar la cortina de humo de Lluvia de estrellas. Él se parte de la risa porque soy todo emoción y como no, palabras.

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Nos sentamos en una mesa para dos y comienza el espectáculo para los 5 sentidos. Burrata sobre tartar de tomate y rollitos crujientes de capón gallego para empezar, lubina a la plancha con gnocchi de calabaza y pluma ibérica con puré de mango. El postre, que jamás lo perdono, una tarta exquisita de obleas que bien podía haber elaborado La Cococha o mi tía Mariví.

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Y justo cuando nos íbamos, nos enteramos que La Contraseña dispone de un reservado para un mínimo de 8 personas y un máximo de 12 llamado “El Escondido” donde se pueden celebrar comidas y cenas lejos de los ojos del resto de comensales. Acabáramos.

¿A qué esperas para reservar tu mesa?

Un beso, Ana.