La boda de Marina y Juan

Podría decirse que Marina y Juan llevan toda la vida juntos. A los 8 años coincidieron en un campamento de verano, a los 12 Juan se cambió al colegio de Marina y a los 18 se matricularon juntos en Derecho y empezaron a salir. Toda la vida.

Después de 9 años de noviazgo, Juan logró sorprender a Marina con una espectacular pedida de mano en Venecia. Y allí mismo comenzaron a ilusionarse con todos los preparativos para que el 6 de julio de 2013 fuera un día perfecto. Y lo fue.

Marina y Juan decidieron huir del country chic e idearon una boda muy urbana y elegante, como ellos, como Oviedo.

La boda de Marina y Juan - La Champanera

Marina decidió vestirse en unas de suites del Meliá Hotel de la Reconquista, emblema de la ciudad y de los Premios Príncipe de Asturias. Click10 no relajó su objetivo en ningún momento, capturando estas bonitas fotografías.

Marina estaba feliz, relajada, segura y radiante. Así se sienten las novias que se casan con el amor de su vida. Todo está tan claro, todo es tan seguro, que no hay lugar a nervios, dudas o impaciencias.

Marina confió en Lorena Carbajal (626.66.77.62) para el maquillaje, no hay novia o profesional que no la recomiende. Mónica de M de la Fuente (985 24 03 00) se encargó de peinar a marina, e incluso le ayudó a vestirse en el Reconquista.

La boda de Marina y Juan - La Champanera
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Para una día tan especial confió en las manos de Navascués. Marina quería encaje en el cuerpo y algo con mucho movimiento, para sentirse favorecida y libre al mismo tiempo. Por ello el cuerpo de su vestido era de encaje francés sobre crêpe con los brazos calados. Llevaba una blonda de encaje de guipur en la cintura y en la terminación de la manga.

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La falda, con cola desmontable, era de muselina con varios frunces que le daba el vuelo que Marina anhelaba.

La novia se enamoró de su velo, rematado con el mismo encaje de guipur de la cintura, y siento ligera nostalgia recién se lo había quitado. Y es que si hay algo que defina que una mujer va vestida de novia, es el color blanco y el velo, nada más, todo lo demás es accesorio.

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Marina lució unos pendientes de oro blanco y brillantes, regalo de sus suegros, con cierto toque vintage. Además, llevó el anillo con el que Juan le pidió la mano en Venecia.

Marina nunca ha sentido especial devoción por los zapatos, y aún así escogió unos bien bonitos de José Illana de color champagne y cerrados, pero para el baile se los cambió por unas alpargatas de Navascués forradas con encaje de guipur.

El ramo era de El Invernadero, de maravillosas peonías y muy bien proporcionado, y es que últimamente me han llamado la atención los ramos diminutos y los ramos gigantescos que lucen sin ningún tipo de proporción algunas novias.

Para desplazarse hasta la Iglesia, los novios contrataron los servicios de Alcucar. Cuatro coches con chófer para Juan, nuestros padres, hermanos, abuelos y los niños de las arras (vestidos por mi amiga Marta García Conde) fueron haciendo su llegada en orden y paulatinamente a la imperiosa y gótica Catedral de Oviedo.

Juan por su parte iba impecable vestido por Suitz, al igual que su madre vestida con mantilla negra y vestido largo en color rosa por Marcos Luengo. La madre de Marina, también guapísima, llevaba un traje verde esmeralda de Roberto Torreta.

La boda de Marina y Juan - La Champanera

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La novia, sin embargo, sentada protocolariamente en el extremo opuesto al mecánico, llegó a la ceremonia en un espectacular Cadillac.

La boda de Marina y Juan - La Champanera
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Marina llegó un poco tarde, es cierto, pero le devolvió a Juan los 9 años de impuntualidad que se resolvió con este simpático castigo. Y allí estaba Juan, esta vez esperando él a su futura mujer bajo un Canticorum Jubilo inenarrable interpretado por 12 voces, un cuarteto de cuerda y un organista.

Todo transcurrió al detalle y según lo previsto. Mientras la soprano Sonsoles Calero cantaba el Ave María de Schubert, se apagaron todas las luces de la Catedral y solo se iluminó el retablo de la Virgen. Fue uno de los momentos más emotivos de la boda, no hubo quien no sintiera estremecer.

El Invernadero se encargó de la decoración de la catedral, utilizando grandes jarrones con flores en tonos blancos y verdes. Decoraron las puertas hacia el interior, de tal modo que la visión de los invitados al ver entrar a la novia fue espectacular.

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Además se encargó de la decoración del hotel. En el aperitivo se colocaron centros altos con hortensias rosas y un fabuloso bodegón donde se presentó el sitting plan.

En lugar del típico cartel con las mesas, marina y Juan prefirieron hacer sobres son tarjetas personalizadas. Dentro del sobre había una foto antigua familiar impresa en un papel apergaminado que indicaba en su reverso la asignación de mesa.

La temática de las fotografías se prologó hasta el detalle, con este magnífico rincón con fotos de las bodas de otros familiares. Muy emotivo y singular, me encanta.

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Por cierto, el aperitivo estuvo amenizado por el cuarteto de jazz de Adrián Carrió.

Y para los meseros se utilizaron esas mismas fotos antiguas de los sobres. Un sobresaliente a la originalidad.

La boda de Marina y Juan - La Champanera
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marina llaca (20)

La entrada del comedor fue, para muchos invitados, el momento más divertido de la noche. Para el banquete utilizaron dos comedores unidos entre ellos. La novia entró por una puerta seguida de todos los testigos chicos y Juan por la otra seguida de todas las testigos chicas, y después se encontraron todos a medio camino. Entraron bailando la canción de Marry you, de Bruno Mars.

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Pero ahí no acabó todo. Antes de los postres se apagaron las luces y los novios, bajo la penumbra de un millón de velas, cortaron la tarta hecha por Lavanda & Food, cuyo primer pedazo acabó en el paladar de los tíos de Marina, que ese día celebraban su 28º aniversario de casados.

Después del postre, la novia le entregó el ramo a su hermana Ángela. Nada como las hermanas.

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Para la apertura del baile, los novios se decantaron por My way de Frank Sinatra, mi Franky.

Tartágola se encargó del Candy Bar, una pasada, como todo lo que hace Loreto Somolinos con ese cariño que la hace única. Puros, bailarinas, etc. No faltó nada.

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Green Eventos se encargó de la música adaptándose, como es razonable, a los gustos de los novios. Y como en los viejos tiempo de Dolce, aquella disco de Oviedo que ya solo pertenece a nuestra memoria y en la que los novios y yo coincidimos mil sábados, había dos tarimas que causaron furor. Vivan los viejos tiempos, vivan. Sonaron todas aquellas canciones, esas que te recuerdan toda una época que ha quedado a atrás en un abrir y cerrar de ojos. Un remember en toda regla, un remember de los buenos.

Para finalizar la noche, un clásico del Reconquista, irresistible chocolate con churros.

Y yo, ¿qué puedo decir?. Pues digo que me encanta relataros las bodas de mis amigos y más aún si han transcurrido en mi Oviedo del alma.

Mil besos para los novios y para todos los que estáis al otro lado del ordenador.
Con mucho cariño, Ana.
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